La promesa hecha en enero, en La Moneda, se cumplió. Un grupo de ex funcionarios y funcionarias de la Vicaría de la Solidaridad visitó al ex Presidente Gabriel Boric para entregarle una arpillera de Victoria "Toyita" Díaz que recorre los 50 años de la institución, junto a la Cantata de los Derechos Humanos. Un encuentro íntimo y emotivo, en representación de los cientos que, en dictadura, defendieron la dignidad de otros. La memoria de cincuenta años volvió a tomar forma en hilos, palabras y afectos.
Hay regalos que no se compran: se bordan. Se piensan en silencio, se corrigen muchas veces, se terminan con las manos cansadas y el corazón entero. La arpillera que este mes recibió el ex Presidente Gabriel Boric Font en su oficina es uno de esos tesoros: una pequeña geografía de tela donde caben cincuenta años de Vicaría de la Solidaridad, el horror que la hizo nacer y la luz que fue abriendo, puntada a puntada, a lo largo del tiempo.
El compromiso venía de enero de 2026, cuando la Vicaría fue reconocida en La Moneda en una ceremonia encabezada por el entonces Presidente Boric. Como el acto se adelantó, no se alcanzó a entregar el regalo en ese momento. Pero el gesto, hecho a mano, que se estaba realizando, venía en camino, tal como se hicieron tantas cosas en los años más duros: con oficio, paciencia y amor.
La cita llegó esta semana de abril, en un encuentro íntimo y profundo al que asistieron Javier Luis Egaña Baraona, primer secretario ejecutivo de la Vicaría y actual presidente del directorio de la Fundación de Documentación y Archivo de la Vicaría de la Solidaridad (Funvisol); María Paz Vergara, secretaria ejecutiva de Funvisol; la propia arpillerista y cantautora Victoria “Toyita” Díaz Caro, y un grupo de ex trabajadores(as) que vienen preparando junto a Funvisol, desde hace meses, las actividades por los 50 años: Gonzalo Torres, Luis Enrique Salinas, Viviana Heller, Margarita Coper, Eliana Zúñiga y Luis Salinas.
Cada uno fue relatando al ex Presidente qué roles jugaron en su juventud profesional, el cual para muchos fue su primer y único trabajo durante esas décadas; una historia que, sin duda, marcó sus vidas. Así representaron a los cientos de hombres y mujeres que traspasaron el miedo en tiempos de dictadura.
Una tela que recorre la historia
“Este encuentro, para mí, es un trabajo muy hermoso, una gratificación enorme. Es una forma de agradecer, a través de lo que hago, todo lo que ha significado la Vicaría de la Solidaridad. Este encargo ha sido un verdadero honor”, nos revela Toyita, quien ha hecho del bordado una forma de hablar. Trabajó la arpillera desde diciembre hasta marzo, con mucha dedicación. Quiso que estuviera todo, que no faltara nadie.
“Después de lo que ocurrió con el Golpe de Estado, fue esa reacción maravillosa del Cardenal Raúl Silva Henríquez, cuando crea el Comité Pro Paz, y luego la Vicaría de la Solidaridad, ahí mismo, en pleno centro, en la Plaza de Armas 444. La arpillera va recorriendo esa historia: el Golpe, el papel que jugaron todos los funcionarios, las víctimas que quedaron —y que siguen quedando— en la oscuridad. Y después, poco a poco, cómo todo se va iluminando. Aparece la luz: la prensa, las ventanas de la Vicaría, esa claridad que se va abriendo”.
En la tela conviven los derechos humanos, los abogados, psicólogos y psiquiatras, las asistentes sociales que atendieron a miles; la figura del Cardenal, recurrente, como una presencia que acompaña todo el proceso. Y al final, una nueva etapa: el Presidente en La Moneda, junto a Paula y Violeta, la esperanza escrita en hilos. Toyita insistió en ese detalle: “Violeta tiene que estar, porque representa esa voz, esa memoria”.
Hay algo conmovedor en ese criterio: quien bordó la arpillera no olvidó a la niña. Porque el legado —lo sabe bien Toyita, hija de Víctor Díaz López, detenido desaparecido— no se transmite en discursos, sino en símbolos que las nuevas generaciones puedan mirar de frente.
La emoción del que recibe
El ex Presidente Boric recibió la obra con una emoción difícil de disimular. La miró detenidamente, reconoció a los personajes, se detuvo en los detalles.
“Estoy muy emocionado. Hermoso regalo, y el gesto de ponernos ahí, con la Violeta y la Paula. Cuando recibo un regalo así lo que más me queda es ver a una persona que dedica su tiempo y su cariño. Se nota en el trabajo que hay detrás, se siente. Y eso emociona, porque está hecho con dedicación, con afecto real. Es algo precioso”.
Junto a la arpillera se le entregó también un CD con la Cantata de los Derechos Humanos, la misma que a comienzos de 2026 se volvió a interpretar por los 50 años de la Vicaría y que luego resonó en una Catedral de Santiago repleta de emociones. Boric agradeció con naturalidad: “Lo tengo en vinilo, no lo tenía en este formato”, mientras hojeaba las fotos y el texto de este disco.
Hubo un momento en que el encuentro se volvió especialmente íntimo. Dirigiéndose a Toyita, el ex mandatario recordó a su padre: “siento un profundo respeto por tu padre. Conozco parte de su historia. Él se merece todo nuestro respeto. Gracias a personas como él estamos hoy aquí”. En esa frase breve cabía una idea grande: hay trayectorias que abren camino, que hacen posible lo que viene después.
La palabra de un testigo privilegiado
Javier Luis Egaña tomó la palabra con esa mezcla de memoria precisa y afecto que lo caracteriza. Recordó los meses iniciales, cuando el Comité Pro Paz todavía funcionaba en una casa chica en Santa Mónica, y el traslado, en enero de 1976, a Plaza de Armas.
“Muchas veces nos preguntaban por qué irnos a ese lugar, si el Comité era chiquitito, en una casa. Pero yo siempre decía que, si íbamos a enfrentar algo tan grande, necesitábamos un equipo fuerte, no algo pequeño. Hicimos cosas increíbles”.
Evocó el Simposio Internacional de los Derechos Humanos de noviembre de 1978, cuando 45 personalidades de todo el mundo llegaron a Santiago y cada una fue acompañada, todo el día, por un funcionario de la Vicaría. “Andábamos en autos con un letrero que decía ‘vehículo oficial’, y los controles nos dejaban pasar. Nos estacionábamos en la Plaza de Armas, frente al edificio, y nadie nos tocó”. Una pequeña epopeya de audacia organizada.
Y entonces reapareció Violeta
Cuando el encuentro se encaminaba al cierre, sacaron al sol otoñal de esa terraza a la pequeña Violeta, hija del ex Presidente, quien ya nos había alegrado con su presencia de tierna infancia. Fue un instante breve, casi sin palabras, pero en la arpillera ya estaba bordada, esperándola. La escena hizo visible, sin necesidad de explicarla, la razón por la que un grupo de ex funcionarios(as) insistió en llegar hasta esa oficina con una tela en la mano: porque la memoria, para no congelarse, necesita pasar de mano en mano.
"Esos niños bailan porque no saben lo que pasa", dijo una arpillerista en los años más duros, mirando sus propios bordados. Cincuenta años después, frente a una arpillera nueva, una niña pudo mirar sabiendo. Ahí está, quizás, el regalo mayor.
Toyita lo resumió con sus manos antes que con sus palabras: la memoria, para seguir viva, necesita manos que la tejan y ojos nuevos que la miren. Esa tarde, en esa oficina, las dos cosas ocurrieron al mismo tiempo.
Cincuenta años después de la creación de la Vicaría de la Solidaridad, con el archivo vivo en Funvisol y una agenda conmemorativa que seguirá durante todo 2026, este encuentro recordó algo sencillo y fundamental: que la dignidad también se teje, y que la historia —cuando se cuida— puede caber en una arpillera.
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