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El militante socialista y ex Ministro del Trabajo Ricardo Solari recuerda la Vicaría de la Solidaridad como el único lugar seguro en medio del terror. Sus primos fueron detenidos desaparecidos. Su hermano, preso y torturado en Villa Grimaldi. Este es su testimonio.

 

ACERCA DE ESTE ESPECIAL

En el marco de los 50 años de la Vicaría de la Solidaridad, la periodista Odette Magnet y el abogado Álvaro Varela Walker —Vicepresidente del Directorio de la Fundación de Documentación y Archivo de la Vicaría de la Solidaridad (Funvisol)— convocaron durante 2025 a un grupo de voces que vivieron, acompañaron o testimoniaron el trabajo de esta institución entre 1976 y 1992. Son relatos en primera persona que iremos publicando a lo largo de 2026 en nuestro especial de Voces que Recuerdan, generado por la Fundación Funvisol.

 

EL TESTIMONIO DE

Ricardo Solari. Militante socialista. Ex Ministro del Trabajo y Previsión Social durante el gobierno del Presidente Ricardo Lagos (2000-2005). Sus primos fueron detenidos desaparecidos y su hermano fue preso y torturado en Villa Grimaldi durante la dictadura.

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Ricardo Solari

«Fue un lugar luminoso en medio de esa oscuridad profunda».

— Ricardo Solari

 

Ese edificio gris contiguo a la Catedral fue para la generación de militantes de la cual formo parte un espacio crucial en el difícil tránsito de nuestra supervivencia. Tristemente, hay que decir que demasiados quedaron en el camino.

Esa casa fue un lugar de salvación en medio de la muerte. Por años fue el único sitio donde era posible sentirse seguro y protegido.

Es difícil expresar la emoción que provoca recordar a esa institución, dependiente del Arzobispado de Santiago, y a los compañeros y compañeras que trabajaron allí. Fue enorme el compromiso con que asumieron su labor y gigante la calidez con que atendieron a familiares y víctimas. Desafiando la censura, realizaron denuncias valientes; enfrentando a una justicia cómplice, fueron a tribunales dejando constancia a través de recursos de amparo oportunos y brillantes alegatos.

Buscaron a mis primos detenidos desaparecidos una y otra vez, y no se cansaron de presentar acciones judiciales en su nombre. Lo mismo hicieron por mi único hermano, preso y torturado en Villa Grimaldi, y por todos los dirigentes de mi partido que fueron detenidos por la DINA. En particular, traigo a la memoria el recuerdo de Carlos Lorca, cuya detención impune a plena luz del día y posterior desaparición inspiró en mi generación la decisión de resistir, quedarnos en Chile y luchar desde acá por la libertad. Qué menos podíamos hacer.

La Vicaría de la Solidaridad será para mí, por siempre, un lugar luminoso en medio de esa oscuridad profunda.

En esos años, cada vez que concurría a sus oficinas, me impactaba la valentía de sus funcionarios, quienes parecían decididos a desoír el comprensible temor que obviamente debían sentir dado el material de su trabajo y el contexto brutal en que laboraban cotidianamente.

A los sacerdotes, a los pastores, a todos los trabajadores y las trabajadoras de la Vicaría les correspondió la terrible circunstancia de ser los primeros en entender la complejidad y la magnitud del horror instalado en Chile después del Golpe de Estado de 1973.

Fueron capaces, sin volver la vista ante la verdad desgarradora, de acoger todo el espanto que entonces se vivía. Escucharon, registraron, investigaron la información sobre el huracán de maldad que azotaba a nuestro país.

50 años después, sé que fue muy duro para ellos, y que pagaron en sus mentes y en sus cuerpos un costo alto por tantos años de exposición al dolor.

La denominación detenido-desaparecido

La denominación detenido-desaparecido surge empíricamente enfrente de ellos a partir de la acumulación de evidencia que estableció que un número muy grande de los arrestados por los servicios de la dictadura no habían sido conducidos a centros regulares de detención. No estaban en ninguna parte ni había testigos de su muerte. Su rastro se perdía en un punto. Desaparecían. Esa constatación, que sería miles de veces confirmada, llevó a la formación de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos, que encontró también en la Vicaría un sitio seguro para reunirse y no cejar en la búsqueda de sus seres queridos.

Recuerdo una larga conversación en esos años con el Vicario Cristián Precht, en la cual me relató cómo había vivido la creación de esa comunidad de personas. Recuerdo a Ana González, a Sola Sierra, a todas las aguerridas mujeres que transformaron su dolor en denuncia, arte, dignidad y movilización. La labor testimonial que realizaron cumplía el rol de multiplicar las fuerzas dispuestas a resistir y ayudaba a aumentar el número de compatriotas dispuestos a sumarse al Nunca Más.

La Vicaría, para ellas y muchos otros, fue, además de un lugar de resistencia y lucha por los derechos humanos, un espacio de contención, ayuda y cooperación. Allí se daban una mano para llegar a fin de mes, darles alegría a los niños de las familias, celebrar los cumpleaños en ausencia y los aniversarios de desaparición, y se acompañaban en los momentos difíciles.

Una plaza pública para quienes resistían

En los primeros años de la lucha por recuperar la democracia, la Vicaría cumplió además un rol cohesionador, una suerte de plaza pública, para todos quienes nos oponíamos a la dictadura. En aquellos años, cuando aún no sabíamos cuál era el tamaño de la amenaza, por dónde venía, quiénes habían sobrevivido, quiénes estaban en los centros clandestinos de detención ni con cuánta gente contábamos para salir a las calles, en medio de esa total incertidumbre, la Vicaría fue un lugar donde atar cabos, donde dejar un recado. Enterarse.

Recuerdo la diligencia de Norma Muñoz, asistente social, leal y valiente, siempre dispuesta a correr todo el riesgo para dar una mano y, con su intervención, ayudar a salvar vidas. A Gustavo Villalobos, tenaz abogado, construyendo estrategias no solo para defender a nuestros detenidos sino también para entender los caminos oscuros de los aparatos represivos.

A través del Boletín Solidaridad, medio de prensa editado por la institución; de los seminarios nacionales e internacionales, las cantatas y la palabra llena de coraje y visión del Cardenal Raúl Silva Henríquez, la Vicaría ejerció una intensa pedagogía social sobre lo que realmente estaba ocurriendo en Chile y que el régimen ocultaba.

De este modo, contribuyó a sumar adherentes y argumentos a la causa de la recuperación de la democracia y, ya avanzados los años 80, la solidez de la denuncia sobre las sistemáticas violaciones a los derechos humanos alcanzó una magnitud imposible de ignorar.

Se trató de un aporte poderoso a la trayectoria que concluyó en el triunfo del NO y fue el cemento moral que impulsó a los chilenos a recuperar la democracia.

Cada vez que paso por la Plaza de Armas echo un vistazo a esa puerta a través de la cual, con el corazón agitado, ingresaba cada tanto para preguntar, informarme, pedir consejo, recibir recados.

Siento que le hemos agradecido muy poco a la Vicaría. Que Chile está en deuda con los sacerdotes que pusieron el pecho para resistir las amenazas, con los compañeros y compañeras valientes que día a día hicieron de su jornada de trabajo una defensa de los mejores valores de la condición humana.

La deuda será eterna.

Ricardo Solari

Militante socialista y ex ministro

Este testimonio integra el especial Voces que Recuerdan, de la Fundación de Documentación y Archivo de la Vicaría de la Solidaridad (Funvisol). Su reproducción en medios requiere citar la fuente y enlazar a:

www.vicariadelasolidaridad.cl/noticias/especial-voces-que-recuerdan

Las opiniones vertidas en cada entrega son de responsabilidad exclusiva de sus autores y no representan necesariamente la posición institucional de Funvisol.

Cuidemos la memoria entre todos.