El escritor Jorge Baradit tenía trece años cuando encontró una poza de sangre frente a la casa de su amigo y descubrió el país en el que vivía. Poco después escuchó la palabra que se murmuraba: “la Vicaría”. Este es su testimonio.
EL TESTIMONIO DE
Jorge Baradit. Escritor chileno nacido en Valparaíso en 1969. Autor de la saga superventas Historia secreta de Chile y de novelas como Ygdrasil, Synco, Trinidad, Policía del karma y Lluscuma, entre otras. En 2021 fue electo convencional constituyente por el distrito N° 10.
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Jorge Baradit
«En este contexto aparece la Vicaría de la Solidaridad en Chile. En el momento en que la guerra contra el tejido político trabajador está peleándose a cuchillo en las calles del país, la Iglesia chilena sale entre los disparos y las barricadas a recoger lo que quedaba del proyecto social chileno del siglo XX».
— Jorge Baradit
La idea de que somos todos iguales en derecho es una idea nueva, subversiva, peligrosa y frágil. Apareció en la praxis política no hace más de doscientos cincuenta años y es el delgado criterio que nos separa de la barbarie del régimen antiguo, como le llama la historiografía al período previo de monarquías absolutas, donde la vida humana valía distinto dependiendo de la posición social; desde mucho hasta literalmente nada. Hace doscientos cincuenta años que la sociedad ha estado en tensión y discusión, abriéndole paso a esta idea revolucionaria que traería un futuro de prosperidad en igualdad, porque descubrimos que nadie sobra.
En Chile todo comenzó en 1901 con la Mancomunal de Iquique, luego vinieron los sindicatos, las organizaciones gremiales; aparece el POS (Partido Obrero Socialista) de Recabarren, luego el PS (Partido Socialista), surgen organizaciones de pobladores, se crea la CUT, se forman frentes populares y los partidos de trabajadores entran al gobierno. Es lo que los historiadores llaman “el proceso de acumulación de fuerzas”, que surfeaba sobre los cambios tectónicos de un siglo XX convulsionado. Más tarde llega la revolución cubana en paralelo a la revolución de las costumbres en el muy nuevo estrato llamado adolescencia, la revolución sexual, la feminista.
En Chile, por algún misterio, los partidos y movimientos de trabajadores logran, en una apoteosis de los tiempos, acceder al poder político en un país casi feudal. Desde antes, la iglesia enfrentaba el proceso de cambios desde su propia revolución, el Concilio Vaticano II. Una Iglesia más cercana a la gente, más abierta a la participación y mucho más atenta a las dificultades sociales. En América Latina surge la Teología de la Liberación, una interpretación local del evangelio cruzada con acción política abierta.
En nuestro país, a diferencia de Europa, el siglo XX parecía una curva ascendente de democracia, participación, fiesta y cambios que a nosotros nos parecía fantástico, pero que al mundo conservador no le parecía nada divertido. Se había llevado el péndulo hacia las libertades y la participación, en el mundo y en nuestro país, hasta un extremo peligroso, según esas fuerzas.
Durante los años 60, el sheriff del mundo, Estados Unidos, hizo todo lo posible por frenar el avance de las fuerzas progresistas. Creó departamentos, institutos y financió equipos de pensamiento en las universidades para diseñar un futuro distinto. En Chile pagó sumas millonarias para frenar la elección de Allende el 58 y obstaculizar la del 64. Se financiaron diarios, radios, agentes secretos y comenzaron los acercamientos con las Fuerzas Armadas del continente.
La decisión de Estados Unidos la conocemos: la masacre anticomunista de Yakarta les pareció una gran idea. Un país que fue capaz de lanzar una bomba radiactiva sobre la población civil no tiene problemas con los planes monstruosos, de manera que promovió, participó y financió Golpes militares cuyo principal objetivo fue destruir la ideología de izquierda a través de la fría eliminación rápida y selectiva de una generación completa de miles de jóvenes líderes sociales, hombres y mujeres; destruyó sus organizaciones, eliminó logros laborales, borró la historia y echó sal sobre las ruinas, para luego fiscalizar el readoctrinamiento de la sociedad y de los niños que los reemplazarían; en el fondo, quemó toda la cosecha para replantar algo diferente, por la fuerza, sobre un suelo abonado por los cadáveres de hombres y mujeres jóvenes. Nos asustaron con la lucha de clases y la activaron ellos; nos asustaron con la lucha armada para instalar una ideología totalitaria y lo hicieron ellos; nos asustaron con la vía armada al socialismo y ejecutaron la vía armada al neoliberalismo. Esto ocurrió en toda Latinoamérica.
La Vicaría entre los escombros
En este contexto aparece la Vicaría de la Solidaridad en Chile. En el momento en que la guerra contra el tejido político trabajador está peleándose a cuchillo en las calles del país, la Iglesia chilena sale entre los disparos y las barricadas a recoger lo que quedaba del proyecto social chileno del siglo XX.
Porque así veo a la Vicaría, entre los escombros de una civitas dei destrozada a cañonazos por tanques Sherman y aviones Hawker Hunter. Rescatando cuerpos, fotos y recuerdos desde los escombros de una estructura que había demorado setenta años en levantarse tratando de alcanzar el cielo. Una Iglesia que acompañó el funeral sosteniendo la mano de este pueblo Sísifo que veía rodar ladera abajo todo su esfuerzo. Una Iglesia que recibió el cuerpo descolgado de obreros, dirigentas, cantantes en la flor de su voz con la misma piedad que la madre recogió el cadáver de ese otro; porque la Vicaría tuvo principalmente rostro de mujer. Una Iglesia que efectivamente practicó el evangelio, protegió a los perseguidos, estuvo con los heridos y visitó a Cristo en la cárcel. Una Iglesia que puso a disposición de los derrotados su estructura funcional cuando estaban todas las otras destruidas y que terminó convirtiéndose en testigo, aval, archivo, memoria, correo, escondite, de un espíritu que se arrastraba agónico entre las piedras.
Eventualmente la Iglesia también sufriría un tipo de Golpe de Estado cuando los polacos ultraconservadores se tomaron el Vaticano y retrotrajeron los avances, le cerraron la puerta a la participación femenina y reflotaron criterios retrógrados. Pero mientras hubo Silva Henríquez, la Iglesia Católica en sus diferentes niveles se mantuvo de púrpura como su manto durante ese te deum sanguinolento con marcha militar y lentes oscuros. Yo tenía trece años cuando encontré una poza de sangre frente a la casa de mi amigo y descubrí el país en el que vivía. Pronto escuché la palabra que se murmuraba: “la Vicaría”, la única isla hacia donde nadar en medio del naufragio, que rima con refugio.
Las Fanny, las Carmen, las Edita y las Manuela
Hace unos días, fui invitado por la Parroquia de Cerro Navia a conmemorar el fallecimiento del cura obrero Mariano Puga. Había personas que habían trabajado “usted sabe… en la Vicaría”, murmuraban.
Durante estos años, he tenido el privilegio de irme encontrando y conociendo a las Fanny, a las Carmen, las Edita y las Manuela, casi todas señoras de fuego y once con pastelitos. Este texto no tiene más valor que la oportunidad que me dan de agradecerle a ellas, personas que integraron esa organización, que durante tanto tiempo fue el único lugar donde podías esconderte, comer y llorar. De una organización que recogió los fragmentos del sueño del siglo XX y ayudó a evitar el olvido. Para ellas no tengo más palabras que admiración y orgullo. Cuando escribo de esos ángeles con olor a lacrimógena vuelvo a tener trece años, se me vuelve a encoger el corazón y vuelvo a sentir el pavor de esta gente medio loca que corría al borde de una cornisa cerrando la puerta a un costado de la Plaza de Armas, mientras afuera la ciudad y la furia rugían.
Mi país necesita revisar su panteón. Vengo de la Villa América, en la punta del cerro Esperanza —esa palabra—, mis héroes y heroínas no están en los plintos urbanos montados a caballo, vestidos de apellidos y con un arma en la mano; están al final de esta página escondidos entre las siete letras de la palabra que se murmura. A esas personas nunca podremos darles suficientes gracias.
Jorge Baradit
Escritor
Funvisol incorporó subtítulos para la lectura web.
En el marco de los 50 años de la Vicaría de la Solidaridad, la periodista Odette Magnet y el abogado Álvaro Varela Walker —Vicepresidente del Directorio de la Fundación de Documentación y Archivo de la Vicaría de la Solidaridad (Funvisol)— convocaron durante 2025/6 a un grupo de voces que vivieron, acompañaron o testimoniaron el trabajo de esta institución entre 1976 y 1992. Son relatos en primera persona que iremos publicando a lo largo de 2026 en nuestro especial de Voces que Recuerdan, generado por la Fundación Funvisol.
Este testimonio integra el especial Voces que Recuerdan, de la Fundación de Documentación y Archivo de la Vicaría de la Solidaridad (Funvisol). Su reproducción en medios requiere citar la fuente y enlazar a:
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Cuidemos la memoria entre todos.