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La enfermera chilena, sobreviviente del recinto de tortura La Venda Sexy y del campo de concentración de Tres Álamos, recuerda cómo su familia conoció la Vicaría de la Solidaridad la misma tarde de su secuestro por la DINA, y cómo, dieciséis años después, volvió a Chile para conocer en persona el lugar que tantas veces había imaginado desde el exilio.

 

EL TESTIMONIO DE

Ana María Arenas Romero. Enfermera. Sobreviviente. Secuestrada por la DINA el 10 de diciembre de 1974, pasó por el recinto de tortura La Venda Sexy y por el campo de concentración de Tres Álamos antes de partir al exilio durante dieciséis años.

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Ana María Arenas

«Salí de ahí, me senté en un banco de la Plaza de Armas, y lloré y lloré y lloré. Seguramente lo que no había llorado en años».

— Ana María Arenas

Sin ser una mujer católica, mi madre se acercó a una iglesia buscando desahogar su angustia. Era el 10 de diciembre de 1974. Se arrodilló frente al sacerdote y le pidió sacar de su corazón el odio tan grande que sentía en ese momento. Al preguntarle el sacerdote qué era lo que le producía este sentimiento, mi madre le dijo que hacía unas pocas horas su hija —yo— había sido secuestrada por la DINA y no había podido hacer nada.

El sacerdote salió del confesionario y le pidió que lo siguiera a la sacristía, donde anotó algo en un pequeño papel y se lo puso doblado en la mano. «Ahí le pueden ayudar», le dijo. VICARÍA DE LA SOLIDARIDAD, decía el papel.

Ese fue el momento en que mi familia conoció la existencia de la Vicaría y su lucha por los derechos humanos, que proporcionaba asistencia legal, documentaba las violaciones y apoyaba a las víctimas de la represión y a sus familias.

Ya en el campo de concentración de Tres Álamos, supe de qué se trataba la Vicaría. Mis compañeras de prisión me comentaron que era el lugar donde se recopilaba la información sobre las personas detenidas, torturadas, fusiladas, desaparecidas, y los testimonios de quienes estábamos en los diferentes campos de detención.

Era el lugar hacia donde llevaban nuestros familiares la información que entregaban las compañeras que llegaban desde los diferentes recintos de tortura. Allí, los familiares esperaban esas noticias, aunque no siempre eran esperanzadoras, pero también ahí encontraban el apoyo emocional necesario.

También supe del importante papel de la Vicaría en la comercialización internacional de los tejidos, bordados y artesanías elaboradas por las prisioneras. En estas artesanías se denunciaba la represión, por lo que eran sacadas con mucho sigilo por los familiares desde los campos de prisioneras hasta la Vicaría, donde a través de redes solidarias eran vendidas en el extranjero, generando algún ingreso para las prisioneras y sus familias.

El apoyo emocional que la Vicaría brindaba a los familiares, y su espacio solidario, fue fundamental para mantener su lucha por saber el destino de sus hijos, esposos, padres y madres. Y este espacio no terminó en el año 90, cuando inició el período de transición.

Tenía que conocerla

Lo sé porque el año 91, durante mi primer viaje a Chile después de dieciséis años de exilio, me acerqué a las instalaciones de la Vicaría.

Tenía que conocerla.

Grande fue mi impresión al entrar a ese espacio que había imaginado todos esos años. Caminé por un pasillo largo y visualicé al final de éste a varias mujeres sentadas en bancas. Fueron disminuyendo su conversación hasta el silencio total mientras llegaba al mesón donde una compañera me atendió.

Sentía los ojos de esas mujeres en mi espalda, y la pregunta obvia: ¿quién será?

Solicité comprar algún calendario, separadores y otros, mientras miraba el entorno tratando de imaginar cómo habría sido en aquellos años de represión. Decidí preguntar si algún familiar de los hermanos Peña Solari participaba con ellas.

—Un hermano, pero desde hace tiempo ya no. ¿Por qué pregunta? —me dijo.

—Estuve presa con ellos —respondí.

Se desató un torbellino. De pronto me vi rodeada de todas esas mujeres que habían escuchado en silencio este diálogo, y empezaron a preguntarme por sus familiares diciéndome sus nombres, mostrándome fotos, preguntándome en cuál Venda había estado. Me sentí agobiada, sin poder dar información, excepto a una mamá que me mostró una foto de su hijo, menor de edad, estudiante de secundaria. Ahí pude reconocerlo. A él sí lo había visto en La Venda. Cuando le dije que me parecía que sí lo había visto, me preguntó:

—¿En cuál Venda estuvo usted?

—En La Venda Sexy —le respondí.

—Ah, sí. Me han dicho que ahí estuvo —dijo, bajando su cabeza.

Salí de ahí, me senté en un banco de la Plaza de Armas, y lloré y lloré y lloré. Seguramente lo que no había llorado en años.

Ana María Arenas Romero

Enfermera

ESTE ESPECIAL

En el marco de los 50 años de la Vicaría de la Solidaridad, la periodista Odette Magnet y el abogado Álvaro Varela Walker —Vicepresidente del Directorio de la Fundación de Documentación y Archivo de la Vicaría de la Solidaridad (Funvisol)— convocaron durante 2025 a un grupo de voces que vivieron, acompañaron o testimoniaron el trabajo de esta institución entre 1976 y 1992. Son relatos en primera persona que iremos publicando a lo largo de 2026 en nuestro especial de Voces que Recuerdan, generado por la Fundación Funvisol.

Este testimonio integra el especial Voces que Recuerdan, de la Fundación de Documentación y Archivo de la Vicaría de la Solidaridad (Funvisol). Su reproducción en medios requiere citar la fuente y enlazar a:

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Las opiniones vertidas en cada entrega son de responsabilidad exclusiva de sus autores y no representan necesariamente la posición institucional de Funvisol.

Cuidemos la memoria entre todos.