Hay experiencias que siguen habitando las decisiones, los afectos y la manera de mirar el mundo. En estos testimonios, la Vicaría aparece como un lugar de entrega, aprendizaje y formación, pero también como una huella personal que el tiempo no ha borrado. Lo vivido allí se proyecta en la gratitud, el compromiso y la convicción de haber aportado frente al dolor.
Leticia Olivares Díaz sitúa su paso por la Vicaría entre las experiencias decisivas de su vida. Lo recuerda con gratitud, consciente de haber podido contribuir, aunque fuera con un pequeño gesto, frente al sufrimiento de tantas personas. En sus palabras conviven la humildad y la certeza: no mide lo realizado por su tamaño, sino por el sentido de haber estado allí cuando se necesitaba. Ese “granito de arena” adquiere así la fuerza de una entrega que, años después, sigue reconociendo como profundamente gratificante.
Gabriel Ascencio Mansilla reconoce en el trabajo de la Vicaría una formación que trascendió lo profesional. Allí se afirmaron una mirada humana y cristiana, y una forma de vincularse con los demás que acompañaría el resto de su vida. Su recuerdo une principios y afectos: solidaridad, respeto y cariño. La Vicaría no aparece solamente como un lugar donde trabajó, sino como una comunidad que moldeó su manera de actuar y dejó una marca perdurable en su trayectoria.
Para Mario López Daroch, la experiencia estuvo ligada al crecimiento y a la formación de un compromiso que miraba más allá de sí mismo. Lo vivido en la Vicaría fortaleció los desafíos que asumiría en su vida y su decisión de luchar por un país más justo e igualitario. Su testimonio condensa una dimensión personal y otra colectiva: aprender, transformarse y, desde ahí, orientar la propia acción hacia una sociedad distinta.
Hilda María Cristina Cárcamo Sanhueza vuelve sobre aquellos años desde la distancia que permite comprenderlos de otra manera. Recuerda un tiempo de entrega intensa en diversos ámbitos, vivido quizá sin alcanzar a dimensionar cuánto significaría después en lo personal. Su testimonio revela algo común a muchas experiencias decisivas: mientras se atraviesan, no siempre se conoce toda su profundidad. Es el paso del tiempo el que permite reconocer la huella que dejaron.
Las cuatro voces convergen en una certeza: la Vicaría no quedó encerrada en un periodo de sus vidas. Se volvió formación, vínculo, gratitud y horizonte de compromiso. Lo que entonces fue trabajo y entrega continúa actuando en el presente, como una memoria que orienta y confirma que incluso los gestos más pequeños pueden dejar una marca duradera.
TESTIMONIOS ORIGINALES
Leticia Olivares Díaz
“Es lo más importante y gratificante que hice en mi vida. Doy gracias por haber tenido la posibilidad de aportar con un granito de arena a tanto dolor”.
Gabriel Ascencio Mansilla
“Creo que el trabajo en la Vicaría me dio la formación humana y cristiana para lo que haría el resto de mi vida. O sea, mi vida ha sido marcada por la Vicaría y la solidaridad, respeto y cariño de las personas que allí conocí”.
Mario López Daroch
“Una gran experiencia de crecimiento y formación para mi compromiso y desafíos de mi vida y de luchar por un país más justo en igualitario”.
Hilda María Cristina Cárcamo Sanhueza
“Pienso que fue un tiempo de muchísima entrega en distintos ámbitos, sin tener plena conciencia de lo que ello podría significar en lo personal”.
Invitamos a quienes fueron parte de la Vicaría —y también a quienes encontraron allí apoyo y acogida— a sumarse con su relato. Cada testimonio amplía este tejido común, donde la memoria no se guarda: circula, se transmite y sigue dando forma al presente.
Puedes enviar tu testimonio a funvisol@iglesia.cl.