En medio de la represión, algunas personas descubrieron que servir era también aprender a nombrar lo que ocurría y ponerse al lado de quienes no podían defenderse. Los recuerdos de esta entrega hablan de una Iglesia que asumió riesgos, de la gratitud por haber ayudado y de vínculos nacidos entre el miedo, el dolor y la esperanza. Para quienes estuvieron allí, la Vicaría fue una experiencia humana que dio sentido a una vida entera.

 

Graciela Ortega Bustos distingue con claridad entre un trabajo y un servicio. En el COMSODE y la Vicaría aprendió a reconocer realidades que hasta entonces ni siquiera formaban parte del vocabulario cotidiano: la tortura, la desaparición de detenidos, los recintos secretos y los falsos enfrentamientos. Ese aprendizaje fue también una revelación sobre el papel de la Iglesia, cuya generosidad, serenidad y disposición a asumir riesgos ampliaron su mirada. Al recordar a quienes compartieron con ella el asombro, el miedo, el dolor y la esperanza, los nombra como hermanos para siempre.

Pamela Miranda Chepillo vuelve a esos años desde el orgullo, la gratitud y la fe. Su testimonio pone el acento en la posibilidad de haber ayudado a personas golpeadas por la represión y por la pérdida de sus seres queridos. La satisfacción nace de haber podido estar cerca y ofrecer apoyo cuando el sufrimiento parecía arrasarlo todo.

Leticia Orozco Canelo resume la misión de la Vicaría como una respuesta sostenida frente a la indefensión. Su frase breve condensa la urgencia de aquellos años: acompañar y proteger a quienes carecían de herramientas para enfrentar la violencia y los abusos. La constancia de esa respuesta fue, en sí misma, una forma de resistencia.

Luis Ernesto Toro Toro expresa su recuerdo en una afirmación directa: fue la mejor actividad de su vida. La sencillez de sus palabras revela el lugar que esa experiencia ocupó en su trayectoria. Allí encontró una tarea cuyo valor humano sobrepasó el tiempo y permaneció como referencia personal.

Al reunir estos recuerdos, queda a la vista una memoria hecha de acciones concretas: nombrar la injusticia, defender a quienes estaban solos, acompañar el duelo y sostener la esperanza. La Vicaría convirtió el servicio en una comunidad profunda, capaz de unir a creyentes y no creyentes y de transformar a quienes participaron en ella. Esa fraternidad permanece como una de sus herencias más luminosas.

 

TESTIMONIOS ORIGINALES

Graciela Ortega Bustos

“Primero, diría que estar en el COMSODE y la Vicaría no fue un “trabajo” sino un servicio. Fueron años de aprendizaje profundo y verdadero sobre conceptos que no existían en nuestro vocabulario hasta entonces: derechos humanos, torturas, desaparición de detenidos, recintos secretos de detención, falsos “enfrentamientos”. La Iglesia se agrandó ante mis ojos, por su generosidad, su palabra serena y clara frente a los hechos, el riesgo que corrió creando ambas instituciones —Copachi y Vicaría— y su amplitud para incluir en este servicio a creyentes y no creyentes. Todos quienes allí conocí y con los que compartí a diario el asombro, el miedo, el dolor, pero también la esperanza es desde entonces y para siempre MIS HERMANOS”.

Pamela Miranda Chepillo

“Un orgullo, gratitud y fe, por haber podido ayudar a los que sufrieron tanta represión y pérdida de sus seres queridos”.

Leticia Orozco Canelo

“Una respuesta constante a los que no tenían como defenderse en aquellos años”.

Luis Ernesto Toro Toro

“Ha sido la mejor actividad que he tenido en mi vida”.

 

Invitamos a quienes fueron parte de la Vicaría —y también a quienes encontraron allí apoyo y acogida— a sumarse con su relato. Cada testimonio amplía este tejido común, donde la memoria no se guarda: circula, se transmite y sigue dando forma al presente.

Puedes enviar tu testimonio a funvisol@iglesia.cl.