Análisis de los números previos al plebiscito, donde la revista enfocó sus páginas en la recuperación de los derechos civiles y la participación ciudadana.
Revisión del período correspondiente a los números 260 a 281 (enero a diciembre de 1988), disponibles en el archivo digital de la Fundación (código VS0000115, 498 páginas) y sus originales en Funvisol.
Había una palabra que los chilenos habían aprendido a murmurar en voz baja. Una palabra pequeña, de dos letras, que se escribía con miedo y se pronunciaba con esperanza. Una palabra que, el 5 de octubre de 1988, millones de personas llevaron hasta las urnas. Esa palabra era NO. Y la Revista Solidaridad llegó a ese momento histórico como lo que siempre había sido: un testigo fiel, un cronista del alma popular, una voz que nunca aprendió a callarse. Los números 260 al 281 son el registro íntimo de un país que estaba aprendiendo, de nuevo, a creer en sí mismo.
El año 1988 no llegó solo. Llegó cargado de quince años de dictadura, de duelos sin nombre, de ausencias que nadie había podido llorar en público. Llegó después de los años duros de la recesión económica, después de las protestas masivas de 1983 y 1984, después del atentado fallido contra Pinochet en 1986 y la brutal represión que lo siguió. Pero algo había cambiado. La propia Constitución de 1980 —impuesta por el régimen— establecía un mecanismo que ahora se volvía contra su autor: un plebiscito donde la ciudadanía debía pronunciarse sobre si Pinochet continuaba en el poder hasta 1997, o si se convocaban elecciones libres.
El 30 de agosto, los comandantes en jefe propusieron a Pinochet como candidato único del SÍ. La oposición, articulada en la naciente Concertación de Partidos por el No —más de quince partidos y movimientos unidos bajo un mismo horizonte— eligió disputar el plebiscito: ganarle al régimen en su propia cancha, con sus propias reglas. Era una apuesta enorme. Era también la única puerta disponible. La campaña fue breve en términos formales —apenas treinta días legales— pero profunda en significado. Por primera vez en quince años, la oposición tuvo acceso a la televisión: quince minutos diarios en una franja que se convirtió en uno de los fenómenos comunicacionales más memorables de la historia chilena. Mientras la franja del Sí desplegaba himnos y cifras macroeconómicas, la del No apelaba a algo más difícil de medir y de derrotar: la dignidad.
Para los números 260 al 281, el contexto era a la vez familiar y completamente nuevo. Familiar, porque la represión no había cesado: la Vicaría seguía documentando detenciones arbitrarias, abusos y violaciones a los derechos fundamentales. Nuevo, porque por primera vez desde 1973 se abría una rendija de participación cívica que la revista debía acompañar con la misma rigurosidad con que había documentado la oscuridad.
La publicación orientó sus páginas hacia un tema que en los años anteriores había sido imposible: la recuperación de los derechos civiles. ¿Para qué votar si el proceso podía estar viciado? ¿Para qué exponerse si la represión seguía activa? La revista respondió con su herramienta de siempre: los testimonios reales, el periodismo de terreno, la pedagogía cívica desde las poblaciones. No bastaba con cubrir el plebiscito como un evento político abstracto; había que acompañar a los ciudadanos en el proceso de volver a creer que su voto contaba.
Uno de los grandes hitos de 1988 fue la masiva inscripción en los registros electorales. Tras quince años sin elecciones, la ciudadanía respondió con una cifra que asombró incluso a quienes la habían convocado: más de 7,4 millones de personas se inscribieron, equivalente al 97,5% de los habilitados. Nunca antes en la historia electoral chilena se había alcanzado semejante porcentaje. Para las páginas de Solidaridad, ese número era más que una estadística. Era el retrato de miles de personas que habían vencido el miedo. Era la mujer de la población que caminó hasta la oficina del Registro Electoral con el corazón en la garganta. Era el joven que había crecido bajo la dictadura sin conocer nunca una urna. Era el obrero que había perdido su trabajo, su sindicato, y que volvía a encontrar en el voto un fragmento de la esperanza arrebatada. La revista entendió que informar sobre la inscripción no era un acto neutro. Era una forma de movilización. Era periodismo como servicio a la comunidad, en la más profunda tradición de su primera editorial de 1976: contar, compartir, coordinar.
El mismo tejido humano que había sobrevivido la crisis económica, que había bordado arpilleras para no olvidar, que había enviado cartas desde el exilio interior, estaba ahora aprendiendo a ser ciudadano otra vez. El día del plebiscito llegó envuelto en tensión: un corte de luz durante la madrugada, la televisión oficial emitiendo dibujos animados mientras los votos se contabilizaban, el régimen tardando horas en reconocer lo que los sistemas de cómputo paralelo —organizados por la oposición con apoyo de observadores internacionales— ya mostraban con claridad. El No había ganado. Con el 54,7% de los votos frente al 43% del Sí, Chile le dijo no a ocho años más de dictadura. Pinochet debía convocar elecciones presidenciales. El fin de la dictadura ya tenía fecha: el 11 de marzo de 1990. Un diario abrió al día siguiente con el titular que nadie hubiera podido publicar el año anterior sin arriesgar la libertad: «¡Corrió solo y llegó segundo!».
Mientras la prensa oficial había sostenido durante años la narrativa del éxito económico y la estabilidad, la Revista Solidaridad había documentado el otro Chile: el del desempleo real, el de los detenidos sin juicio, el de las madres que buscaban a sus hijos desaparecidos. Esos lectores —los que habían leído la revista de mano en mano en las parroquias, en las fábricas, en las organizaciones de base— llegaron al plebiscito con una memoria diferente. Una memoria verdadera. El voto del 5 de octubre fue, entre otras cosas, la suma de todo lo que Solidaridad había documentado durante doce años. Un pueblo que sabe lo que vivió, vota distinto a uno que ha olvidado.
«El 5 de octubre se inició, con certidumbre, el fin de la dictadura y lo hacía por medio del arma del voto. En esta elección no solo se reinauguró la tradición cívica nacional, después de 15 años de forzada pausa, sino que también la ciudadanía concurrió en masa».
Archivo académico, Universidad de Chile.
En 2026, cuando este especial llega a su entrega de noviembre, Chile celebra cincuenta años desde que ese primer boletín salió a las calles. Y la pregunta que resuena no es solo histórica: ¿qué condiciones permiten que una dictadura se sostenga? ¿Qué rol juega la prensa libre —o su ausencia— en ese sostenimiento?
Los números de 1988 de Solidaridad no son solo documentos de archivo. Son un manual de resistencia cívica. Muestran que la democracia no se recupera de golpe: se recupera conversación por conversación, voto por voto. Hoy, cuando la inscripción electoral es automática y el voto es un hábito más que un acto de valentía, puede parecer difícil imaginar el peso que tuvo ir a inscribirse en 1988. Pero basta con abrir cualquiera de los facsímiles de este lote para entenderlo. La letra impresa de la revista huele todavía a urgencia, a miedo vencido, a pueblo que aprendió —a través del dolor— que la democracia no se hereda. Se defiende.
Números clave del lote
- N° 260 (ene. 1988): Primer número del año plebiscitario. La revista abre documentando el clima de expectativa y los primeros llamados a la inscripción electoral, en un país que lleva quince años sin votar.
- N° 268–270 (may.–jun. 1988): La revista registra la organización de las comunidades de base como apoderados de mesa y fiscalizadores del proceso. El tejido de redes que la Vicaría había sostenido durante años se convierte ahora en infraestructura democrática.
- N° 278 (oct. 1988): El número del plebiscito. La revista documenta la jornada del 5 de octubre, el triunfo del No con 3.967.579 votos (54,7%) y el significado histórico de una victoria obtenida en las propias reglas del régimen.
- N° 281 (dic. 1988): Cierre de un año bisagra. Las editoriales miran hacia las elecciones presidenciales de 1989 con la conciencia de que la tarea no termina con el plebiscito: la democracia que viene también deberá defender los derechos humanos.
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Lote 1988 (N° 260–281): vicariadelasolidaridad.cl
Originales en Funvisol (previa coordinación): funvisol@iglesia.cl · secretariafunvisol@iglesia.cl