Especial 50 años · Vicaría de la Solidaridad · Testimonios

Cada testimonio abre una puerta. No solo al recuerdo, sino a una forma de estar en el mundo que se forjó en medio de la urgencia, el miedo y también de una convicción profunda: acompañar a otros importaba, y mucho. En estos relatos, la Vicaría aparece como experiencia concreta, como aprendizaje compartido y como lazos que no se han soltado con el tiempo.

 

Gloria Torres Ávila recuerda su ingreso al Comité Pro Paz con apenas 23 años, recién egresada de Derecho. Nombra a quienes marcaron ese camino —José Zalaquett, Marcos Duffau, Marcelo Croxato, Roberto Garretón— no solo como referentes, sino como parte de una formación que fue también humana. Más adelante, ya en la Vicaría, ese aprendizaje se consolidó en equipo. Lo dice sin rodeos: fue el trabajo más importante de su vida. No solo por lo que entregó, sino por lo que recibió. Porque en medio de todo, también se construyeron vínculos que siguen vivos hasta hoy.

Para Julia Figueroa de la Fuente, la experiencia fue intensa y total. Habla de convivir con el dolor, la desesperanza y la pobreza, pero no se queda ahí. En la misma frase aparece la otra cara: la solidaridad, la energía de la gente. Esa tensión —dura, pero luminosa— atraviesa su recuerdo. Como si en medio de lo más oscuro, siempre hubiera una chispa encendida.

Sandra Rojas Barlaro lo sintetiza con una claridad que golpea: fue su primer trabajo, y también el más importante de su vida. Hay experiencias que se explican solas.

El testimonio de Marta Cofré Jara se despliega con detalle, casi como una escena. Ingresó en 1974 al Comité Pro Paz desde Talca, con tareas que iban mucho más allá de lo administrativo. Escribir documentos, sí, pero también acoger, escuchar, acompañar a familias atravesadas por la desaparición de sus seres queridos. Su relato deja ver el peso de ese rol: sostener a otros cuando todo era incertidumbre. Y hacerlo, además, bajo vigilancia. El miedo estaba presente, pero no detuvo el trabajo. Porque había algo más fuerte: la decisión de estar.

Distintas voces, una misma trama. No es solo memoria: es experiencia compartida que sigue haciendo sentido.

 

TESTIMONIOS ORIGINALES

Gloria Torres Ávila

“A los 23 años tuve el privilegio de colaborar en el Comité de Cooperación para la Paz; entré en enero de 1974, recién egresada de la Escuela de Derecho de la Universidad de Chile. Éramos cinco procuradoras. Me formé con abogados extraordinarios como José Zalaquett, Marcos Duffau, Marcelo Croxato, Roberto Garretón (por nombrar algunos). A fines de 1974, junto con Gloria Cruz Domínguez y Nicolas Komen, Mercedes Chain, el obispo Enrique Alvear, iniciamos el primer equipo de Zonas. Nombro a esas personas porque ese trabajo en el Comité y luego los doce años en la Vicaría fueron vitales. Y el trabajo más importante de mi carrera profesional. No solo por la oportunidad de apoyar a otras personas, sino sobre todo por nutrirnos y aprender de los compañeros y compañeras del Comité y Vicaría, con los que creamos lazos tan fuertes que permanecen hasta hoy”.

Julia Figueroa de la Fuente

“Experiencia profunda, de mucha entrega y compromiso un gran impacto convivir con la pobreza, la desesperanza y el dolor, pero al mismo tiempo con la solidaridad y la energía de la gente”.

Sandra Rojas Barlaro

“Fue mi primer trabajo y creo que el más importante de mi vida”.

Marta Cofré Jara

“En abril de 1974 ingresé al Comité Pro Paz, terminando un curso de secretariado en el DUOC, Talca. No era un trabajo exclusivo de secretaria, como escribir a máquina todos los documentos que iban a la Corte de Apelaciones y Fiscalía, que me entregaban los abogados y enviar los informes y rendiciones de cuentas a Stgo etc. Había que acoger, acompañar, escuchar a mucha gente angustiada, por el momento que estaban pasando por la desaparición de sus seres queridos, después que habían sido sacados de sus casas por militares y gente de civil, y no sabían dónde estaban. Estaban trabajando en el Comité Pro Paz los abogados Sr. Eugenio Cruz Donoso, Sra. Silvia Espinoza Garrido. La coordinadora era la Sra. Rosalina Yáñez Fuentes. Mi trabajo era recibir y acoger a las familias de los detenidos políticos. Preocuparnos de su situación familiar, salud, alimentación en muchos casos; por lo general la mayoría de los detenidos eran jefes de hogar. Con temor muchas veces debía ir presentar recursos de amparo a la Corte de Apelación y documentos a la Fiscalía Militar. El temor estaba, porque el equipo de trabajo era vigilado”.

Para ver más testimonios visita loa sección de los 50 años de la Vicaría

 

Invitamos a quienes fueron parte de la Vicaría —y también a quienes encontraron allí apoyo y acogida— a sumarse con su relato. Cada testimonio amplía este tejido común, donde la memoria no se guarda: circula, se transmite y sigue dando forma al presente.

Puedes enviar tu testimonio a funvisol@iglesia.cl.