Estas memorias presentan la Vicaría como una escuela de humanidad y una forma concreta de ejercer la vocación. El compromiso profesional, la defensa jurídica y el acompañamiento a quienes sufrían aparecen unidos por una ética capaz de atravesar credos y territorios. Lo vivido entonces permanece en la manera de comprender la justicia y los derechos humanos.
Eduardo Rojas Zepeda habla de la mayor lección de humanidad de su vida. En su recuerdo, la palabra de Cristo adquirió forma práctica al ayudar a quienes sufrían y fortalecer la organización solidaria. Destaca un trabajo serio, comprometido, profesional, carismático, ecuménico y pluralista, capaz de transmitir un mensaje ético a un país que intentaba salir de las penumbras.
Olga Cristina Bascuñán Parraguirre rescata el aprendizaje y las personas valiosas que conoció. La experiencia dejó una huella que no se agotó con el paso de los años: su compromiso con los derechos humanos sigue vigente hasta hoy y se proyecta hacia el futuro.
Rosemarie Bornand Jarpa vincula su paso por el Comité Pro Paz y la Vicaría con la realización más plena de su vocación por el derecho y la justicia. Se siente privilegiada de haber contribuido a aliviar el dolor y el sufrimiento de tantas personas. Su testimonio muestra cómo una tarea profesional puede convertirse en una decisión de vida.
Eduardo Guillermo Castillo Vigouroux reconstruye una labor jurídica desplegada dentro y fuera de Santiago. Entrevistó a personas presas en Valdivia e Illapel, preparó solicitudes de conmutación de penas por extrañamiento y recibió denuncias por violaciones a los derechos humanos. Más tarde trabajó en la Unidad de Análisis, elaboró informes y Cuadernos Jurídicos y, en Temuco, asumió la defensa de comunidades mapuche y de personas procesadas ante fiscalías militares. Su recorrido revela una vocación que encontró distintas formas de ponerse al servicio de la justicia.
Desde la reflexión ética hasta el trabajo minucioso de cada recurso, estos testimonios muestran una misma fidelidad: defender la dignidad humana allí donde estaba amenazada. La Vicaría fue aprendizaje, comunidad y oficio, además de una orientación que continuó guiando a quienes pasaron por ella. En esas trayectorias, la memoria sigue actuando en el presente.
TESTIMONIOS ORIGINALES
Eduardo Rojas Zepeda
“La mayor lección de humanidad de mi vida. La palabra de Cristo hecha vida práctica, ayudando a los que sufrían y promoviendo la organización solidaria. Un trabajo serio, comprometido, profesional y carismático a la vez, ecuménico y pluralista. Un testimonio encarnado que transmitía un mensaje ético a un país que buscaba salir de las penumbras”.
Olga Cristina Bascuñán Parraguirre
“Fue una experiencia muy buena, ya que aprendí mucho y conocí personas muy valiosas. Mi compromiso con los Derechos Humanos es hasta el día de hoy y siempre”.
Rosemarie Bornand Jarpa
“Trabajar desde su inicio en el Comité Pro Paz y en la Vicaría de la Solidaridad hasta su término fue la mayor realización de mi vocación por el derecho y la justicia. Me siento privilegiada de haber contribuido a aliviar el dolor y el sufrimiento de tantas personas”.
Eduardo Guillermo Castillo Vigouroux
“El año 1975 entré a trabajar en el departamento de Provincias, dirigido por Juan Zerón a fin de hacer solicitudes de conmutación de penas de presidio por extrañamiento. Para ello debía entrevistar a los solicitantes que se encontraban en las cárceles cumpliendo condena. Visité a presos en Valdivia y en Illapel y hacía las solicitudes al interior de la misma cárcel, en un pasillo u otro lugar; me facilitaban una mesa y yo llevaba una máquina de escribir portátil. En Valdivia tuve que pedir los expedientes de los consejos de guerra en el Juzgado Militar. En ambos lugares conté con el apoyo de los obispos de la Iglesia Católica y en Valdivia con el apoyo, además, de una Pastora de la Iglesia Metodista. Las solicitudes fueron aceptadas y las personas que estaban presas viajaron al exilio. Luego, en septiembre de 1975, pasé a trabajar en la Unidad de Amparo que dirigía el abogado Fernando Guzmán, en atención de público, es decir, redacción de recursos de amparo y de escritos que se presentaban durante la tramitación de esos recursos. También recibir las denuncias por violaciones a los DDHH que hacían las personas que habían estado presas y habían sido liberadas, las que se enviaban posteriormente fuera de Chile. En la Vicaría continué en esa unidad donde estuve hasta el año 1977, pasando posteriormente a la Unidad de Análisis, también del Departamento Jurídico, donde elaborábamos informes mensuales y los Cuadernos Jurídicos, de los cuales guardo algunos ejemplares. En octubre de 1979 empecé a trabajar en la Fundación Instituto Indígena del Obispado de Temuco donde asumí la defensa de comunidades mapuche y labor de promoción de sus derechos. Al mismo tiempo, colaboré con el Comité de Solidaridad de la misma Diócesis presentando recursos de amparo y asumiendo la defensa de personas procesadas ante la Fiscalía Militar de Temuco y la Fiscalía de Angol”.
Invitamos a quienes fueron parte de la Vicaría —y también a quienes encontraron allí apoyo y acogida— a sumarse con su relato. Cada testimonio amplía este tejido común, donde la memoria no se guarda: circula, se transmite y sigue dando forma al presente.
Puedes enviar tu testimonio a funvisol@iglesia.cl.