Los testimonios que forman parte de este especial adoptan muchas formas: algunos son frases breves, otros recuerdos extensos que se detienen en episodios concretos. Todos aportan una mirada singular sobre lo que significó ser parte de la Vicaría de la Solidaridad.
En esta entrega compartimos fragmentos del testimonio de Gabriela Meza Díaz, quien recuerda distintos momentos vividos en torno a la institución: desde su regreso al país después del exilio hasta escenas que reflejan el carácter humano y la coherencia ética que marcaron el trabajo de la Vicaría.
TESTIMONIO
“Era lo que más anhelaba después de mi retorno al país. Sentía que, de alguna manera, debía aportar al trabajo que hacía la Vicaría. Había estado 12 años exiliada y en ese tiempo la Vicaría me consiguió un permiso para ingresar al país por 15 días, para ver a mi padre antes que falleciera. Grande fue mi sorpresa cuando recibí en Madrid un llamado telefónico de la Vicaría diciéndome que, dada la gravedad de mi padre, viajara cuanto antes. Que ya habían conseguido un permiso temporal para mi ingreso. No me imaginaba que hasta de esas situaciones tan personales, pero muy humanas, por cierto, se preocupaba la Vicaría”.
“No solo fue un orgullo sino una gran oportunidad de conocer por dentro la solidez y coherencia de sus principios. Tengo en mi retina la imagen imborrable de monseñor Valech respondiendo al fiscal Cea que, en conciencia, no podía entregarle las fichas médicas que quería requisar. Así como ese emocionante encuentro de Joan Manuel Serrat con el personal y sus familiares. Fue algo íntimo, breve pero intenso. La compañera Janett Ulloa le dijo que a veces se vivieron momentos inaguantables pero que una melodía suya nos devolvía las ganas de vivir. Serrat respondió con un “presento mis respetos y me enorgullezco de haber estado hoy con ustedes y de abrazarles personalmente”.
“Hubo muchos otros hitos que me marcaron en mi trabajo en la Vicaría, especialmente la cobertura que hicimos del plebiscito de octubre, y la fiesta que se armó espontáneamente al día siguiente en la calle, cuando la gente llegó hasta las puertas de la Vicaría para aplaudir a la institución. En fin, comparado con otros compañeros, fue poco el tiempo que alcancé a trabajar allí, pero inolvidable. En mi escritorio cuelga el reconocimiento que la Vicaría entregó a todos sus trabajadores en julio de 1990, cuando ya se habían cerrado sus puertas”.
Gabriela Meza Díaz
Este especial continúa abierto.
Invitamos a quienes fueron parte de la Vicaría de la Solidaridad —y también a quienes encontraron allí apoyo y acogida— a compartir su testimonio. Cada relato suma nuevas miradas a esta memoria colectiva que sigue construyéndose.
Los testimonios pueden enviarse a funvisol@iglesia.cl.
Serán publicados en nuestra página.
La memoria se comparte.