La trabajadora social que convirtió las ollas comunes en escuela
Pionera de la Vicaría de la Solidaridad en la Zona Oriente de Santiago, caminó las cárceles para visitar a presos políticos y, cuando el hambre golpeó las poblaciones, levantó con las mujeres una red de ollas comunes que nunca fue solo un plato de comida: fue resistencia, comunidad y la semilla de un emprendimiento que llega hasta hoy. Desde Funvisol despedimos su memoria con gratitud.
Hay mujeres que escriben la historia con tinta y otras que la escriben con cucharón. Ana María Medioli perteneció a estas últimas. Se nos fue este 2026, a los 80 años, pero su huella sigue tibia en cada cocina comunitaria de Chile.
Tenía apenas 28 años cuando el golpe militar partió en dos al país. A esa edad en que muchos recién buscan rumbo, ella tomó una decisión radical: ponerse del lado de los perseguidos. Primero en el Comité Nacional de Ayuda a los Refugiados Extranjeros (CONAR), colaborando para sacar del país a quienes la dictadura quería borrar. Luego en el Comité Pro Paz. Y en 1976, junto a tantas profesionales jóvenes, cruzó las puertas de la recién creada Vicaría de la Solidaridad.
Allí encontró su lugar y, sobre todo, su misión: quedó como encargada de la Zona Oriente, territorio que en pocos años se haría célebre por el trabajo silencioso, minucioso y comunitario de las mujeres. Su hija Paula Sánchez, en un reportaje publicado por Hogar de Cristo en marzo de 2024, recordó que en esos años Ana María recorría las cárceles visitando detenidos políticos, mientras en casa los niños vivían entre el orgullo y el miedo por una madre que trabajaba en algo que no siempre se podía nombrar.
Cocinar juntas, comer separadas
Cuando la crisis económica de 1982 disparó la cesantía al 19,6% y casi un tercio de la población vivía en pobreza extrema, las poblaciones de Santiago se llenaron de fogones encendidos en la vereda. A fines de ese año había 34 ollas comunes en la capital; dos años y medio después, ya eran 232. La consigna era simple y revolucionaria: cocinar juntas, comer separadas. Cada familia mandaba a alguien por su ración y la llevaba a casa, porque la dignidad —decían las pobladoras— también se cuida en la mesa propia.
Junto a la dentista Mirtha Ossandón, también integrante de la Vicaría, Ana María entendió temprano que esas ollas eran mucho más que un alivio frente al hambre. Eran asambleas, eran escuela, eran el primer espacio donde miles de mujeres tomaron la palabra. La apuesta nunca fue el asistencialismo: era organizar, gestionar las compras, abaratar costos, repartir tareas, escribir actas. Lo que comenzó como respuesta al hambre se convirtió en una pedagogía colectiva del poder propio.
De la olla popular a la JUNAEB
En 1991, Ana María volvió a la Vicaría Central para hacerse cargo del Comando Nacional de Ollas Comunes. Un año después, cuando la institución cerró sus puertas tras cumplir su misión histórica, ella no soltó la mano de las pobladoras. Junto a Mirtha Ossandón convocó a las dirigentes de esas mismas ollas y fundó la ONG Programas de Acción con Mujeres (PROSAM), con un objetivo audaz y sencillo: que aquellas mujeres que habían aprendido a alimentar a un barrio entero se convirtieran en empresarias formales de alimentación.
Llegaron a constituirse ocho empresas en distintas comunas de Santiago, varias de ellas proveedoras de la Junta Nacional de Auxilio Escolar y Becas (JUNAEB). Más aún: en distintas evaluaciones figuraron entre las que entregaban la mejor alimentación a los escolares del país. Los mismos brazos que habían revuelto la olla popular en plena dictadura ahora cocinaban, con la frente en alto, para los hijos de Chile.
Su legado se sirve cada día
Ana María Medioli Recart partió en 2026, rodeada de los suyos. Pero su legado se sirve diariamente en cada comedor escolar, en cada cooperativa de mujeres que reclama su lugar, en cada olla que vuelve a encenderse cuando la urgencia regresa. Desde Funvisol queremos rendir homenaje a esta trabajadora social que entendió, como pocas, que la solidaridad no es un acto de caridad: es una pedagogía de la justicia. Que el cucharón también escribe historia. Y que detrás de cada plato repartido en una vereda de Santiago había una mujer aprendiendo, sin saberlo todavía, a ser dueña de su voz.
Gracias, Ana María, por enseñarnos que la dignidad se cocina a fuego lento, entre muchas manos, y que ninguna olla común es realmente común: cada una guarda los nombres y las luchas de quienes se atrevieron a encenderla.
Para seguir leyendo
- CEDOC Museo de la Memoria — «En memoria de Ana María Medioli Recart (1945-2026)»: ver homenaje
- Hogar de Cristo — «Ana María Medioli: el poder de las ollas comunes» (Valentina Miranda G., marzo 2024): hogardecristo.cl
- El Mostrador — «Ollas comunes en los 80: mucho más que paliativos del hambre»: elmostrador.cl
- Ediciones UAH — «Las asistentes sociales de la Vicaría de la Solidaridad. Una historia profesional»: ediciones.uahurtado.cl
- Funvisol — Documentos de Ana María Medioli en el Archivo de la Vicaría de la Solidaridad: vicariadelasolidaridad.cl
Foto: Archivo Vicaría de la Solidaridad.
Fuentes: Reportaje «Ana María Medioli: el poder de las ollas comunes», por Valentina Miranda G., Hogar de Cristo (marzo 2024); homenaje del CEDOC del Museo de la Memoria y los Derechos Humanos (2026); archivos digitales de la Vicaría de la Solidaridad / Funvisol; libro «Hambre + dignidad = ollas comunes» de Clarisa Hardy (PET, 1986); Memoria Chilena, Biblioteca Nacional de Chile.