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Hja de revolucionarios

Autor: 
Laurence Debray
Datos de publicación: 
Anagrama, 2018

No pretenden ser memorias, es muy joven para eso; tampoco sacar provecho de ser la hija de. Con una honestidad que se agradece en cada página, Laurence Debray, hija del escritor e intelectual de izquierda francés Regis Debray y de Elizabeth Burgos antropóloga venezolana, pasa fluidamente de su historia personal, a la de sus padres (siempre diferenciándolas claramente),a los hechos históricos y los grandes personajes de la política y la cultura con que le toco convivir: Fidel, Mitterrand, Matta, Cortazar, Simone Signoret, Jane Fonda, solo por nombrar algunos. Muy crítica de la radical opción política que llevó a sus padres a participar activamente en la guerrilla latinoamericana, no deja por eso de asombrarse con la capacidad de la izquierda de crear sentido y generar vínculos de amistad perdurables, cómo lo descubrió a los 11 años enviada por su padre a un campamento para jóvenes pioneros comunistas en Varadero, Cuba: “Al menos la revolución les había insuflado un sentimiento de pertenencia tranquilizador y estructurador”. Ese mismo año fue enviada a un “summer camp” en California, dónde aprendió a disfrutar de “un conformismo alegre, ligero y púdico. Por primera vez en mi vida no iban a darme la tabarra con la suerte de los más desposeídos o con el hambre en el mundo”. De vuelta en París informa a su padre que “entre Cuba y Estados Unidos yo optaba por la vieja Europa, bastante confortable, se come bien, se lee bien, se duerme bien”. Laurence busca una forma única y original para responder eso que todos nos preguntamos, una y otra vez, durante la vida ¿porqué somos cómo somos? “¿Me he construido a mí misma en oposición a? En cualquier caso me he hecho a mi misma gracias a lo que mis padres no eran. Y me dieron la libertad de suplantarles sin resentimientos. ¿Se sintieron aliviados? Mis abuelos paternos encarnaban la autoridad moral y compensaban las carencias. Tenían tiempo, medios, salud y ganas de dedicarse plenamente al papel sagrado de guardias y transmisores que en aquel momento mis padres no podía asumir. Quizá porque no sabían qué debían transmitirme. O porque no sabían protegerse a si mismos”